Imaginemos
un país en la Europa de inicios del siglo XX, en el que las principales
redes de suministro de petróleo, clave para el desarrollo económico, están en
manos de dos grandes monopolios extranjeros. De pronto, un gobierno, decide la
expropiación de estos gigantes monopolistas para levantar un monopolio nacional
estatal en el sector energético. Por regla general podría pensarse que se trata
de un gobierno revolucionario, popular, … pero no. Este hecho aconteció en España, en
1927, de la mano de un capitán general del ejército, Primo de Rivera. La
formación de CAMPSA, el monopolio español del refinado y distribución del
petróleo, surgió de la expropiación de las posesiones de la Shell
(anglo-holandesa) y la Standard Oil del magnate yanqui Rockefeller, que hasta
entonces controlaban el 85% del sector. Con esta jugada puede, no
sólo garantiza el control de la energía del país, sino que abre la posibilidad de iniciar una industria nacional.
Esta es sólo una de las medidas
adoptadas bajo la dictadura de Primo de Rivera (1923 – 1930) aunque sin duda la
más arriesgada. Con Primo, aparecerá un proyecto completo de desarrollo de un
capitalismo monopolista nacional y autónomo de los centros de poder
imperialistas. Se formarán dos monopolios estatales más, la Telefónica y la
Tabacalera. El Estado impulsará las obras públicas con una amplia red de
carreteras y ferrocarriles o la construcción de pantanos. Se aplicarán medidas
proteccionistas para defender la producción nacional. El PIB crecerá a un ritmo
muy superior al del resto de países europeos. En el terreno social se aumenta
el nivel de vida del conjunto de la población, se fomentan las escuelas, la
alfabetización o el seguro médico. Al mismo tiempo se tomarán medidas para
intentar demoler el régimen de la Restauración corrupto, caciquil, ineficaz y
estrechamente vinculado a las potencias imperialistas. Y se buscará un nuevo
papel internacional para España revitalizando los lazos con Hispanoamérica o
defendiendo sus intereses en el norte de África.
Frente a las ideas superficiales y
mecánicas que sólo ven en la dictadura de Primo de Rivera la dominación de los
sectores más reaccionarios y decadentes oligárquicos para contener al
movimiento obrero y revolucionario, la realidad es que la dictadura de Primo de Rivera
representa el primer y único intento de la oligarquía española por construir un
capitalismo monopolista nacional, un proyecto de desarrollo independiente que
se enfrenta al histórico dominio de las grandes potencias sobre nuestro país. El 13 de septiembre de 1923, el capitán
general de Cataluña, el general Miguel Primo de Rivera encabeza un golpe de
Estado que acaba con el parlamentarismo de la Restauración e instaura un
régimen dictatorial. A diferencia de la mayoría de los
pronunciamientos decimonónicos o del posterior 18 de julio, la dictadura de
Primo no se fragua en ninguna embajada de una potencia extranjera ni tendrá su
respaldo incondicional, sino que hunde sus raíces y motivos en sectores de la
propia oligarquía española. Este nacimiento independiente le conferirá un
margen de maniobra desconocido para regímenes anteriores.
Este periodo es expresión del fortalecimiento y relativo grado de autonomía que ha
alcanzado la oligarquía española -gracias al debilitamiento, fruto de la Iª
Guerra Mundial, de las potencias que dominaban históricamente nuestro país,
Inglaterra y Francia-, factor que le permite impulsar, por primera vez en la
historia, un proyecto que responde en primer lugar a los intereses oligárquicos
nacionales y no a las necesidades de dominio de una u otra potencia
imperialista sobre España. Lo que va a permitir impulsar un
desarrollo en España en todos los terrenos (económico, social, cultural,
científico...) mucho más allá de lo que significó la dictadura.
![]() |
| La dictadura de Primo de Rivera es el primer, y único intento, de la oligarquía española por establecer un capitalismo autónomo y autóctono |
El impulso al desarrollo de un
capitalismo independiente y nacional, ejecutado a través de la intervención del
Estado y necesariamente enfrentado a los intereses del gran capital extranjero,
permite que durante el periodo primorriverista se produzca un avance decisivo
en la modernización y desarrollo español.
La intervención
imperialista, especialmente de Inglaterra y Francia durante todo el siglo XIX y
el primer tercio del XX, buscaba impedir el desarrollo de un capitalismo
autónomo en España, y por tanto rival, sobre todo en el control y explotación
de las riquezas nacionales. Durante la dictadura de Primo de Rivera
se crean las bases para el nacimiento de un auténtico capitalismo monopolista
español. Algunos de los principales monopolios -que siguen ocupando hoy un
lugar central- como Telefónica, CAMPSA
-actual Repsol-, Tabacalera... se
fundan en este periodo. Pero el impulso a un desarrollo
capitalista nacional y autónomo solo era posible cuestionando los intereses de
las principales burguesías imperialistas, que habían controlado históricamente
los centros neurálgicos de la economía nacional. Desde
1917 se plantea la necesidad de que España asuma el control de los recursos
energéticos.
Este proyecto culminará en 1927 con la creación de CAMPSA, cuyo principal objetivo es el control nacional de un sector
estratégico –el petróleo- indispensable para asegurar la independencia
económica y política de España. En una carta al rey Alfonso XIII, el
ministro de hacienda de Primo de Rivera, José Calvo Sotelo, expuso así la
necesidad de crear CAMPSA: “El petróleo
es un factor industrial básico; es así mismo, elemento sustantivo para la
defensa nacional (…) El petróleo en España está monopolizado de hecho por dos
grandes trust industriales, la Standard Oil y la Shell, que desde 1925 se
reparten amigablemente los beneficios del mercado español” Reafirmando su valor estratégico al
declarar que “la creación de CAMPSA es
más importante que la recuperación del Peñón de Gibraltar”. La angloholandesa Shell y la Standard Oil
de los Rockefeller controlaban el 85%
de la distribución del petróleo en España. La llave de la energía, la “sangre”
que permite el funcionamiento del capitalismo, estaba en manos extranjeras.
El Estado expropia las posesiones en
España de la Shell y la Standard Oil, y adjudica CAMPSA a un consorcio
financiero que agrupa a varios de los grandes bancos oligárquicos: el Urquijo,
el Vizcaya, Banesto e Hispano Americano. En
torno a CAMPSA se pretende gestar un sólido conglomerado industrial y
energético nacional, convirtiéndola en cabeza y motor del desarrollo
industrial español, potenciando desde el Estado un potente sector energético, químico y petroquímico. La creación de la Compañía Nacional de Telefonía Española (CNTE) es el otro gran hito
del desarrollo del capitalismo monopolista. El régimen de Primo promueve un
ventajoso acuerdo con sectores del capital norteamericano, alcanzado en alianza
con sectores oligárquicos españoles. La ITT
se alía con el Banco Urquijo y el Hispano Americano, además de importantes
familias como los Güell o Comillas, para formar la CNTE en 1924. Cuatro meses después obtuvo el monopolio de la
administración y desarrollo de los servicios telefónicos. El resultado fue que
en 1925 las comunicaciones telefónicas se triplicaron en toda España. Durante el régimen de Primo de Rivera
se procede a la expulsión del capital
francés de Banesto, pilar del sistema bancario y sobre el que París seguía
ejerciendo una decisiva influencia. Estableciendo un sistema bancario, nódulo
principal de la oligarquía, netamente nacional.
Anticipándose a las políticas impulsadas en EEUU o Alemania
tras el crack del 29, y creando en España un auténtico capitalismo monopolista
de Estado, Primo de Rivera convierte al
Estado –absolutamente fundido con los intereses del gran capital
financiero- en el principal impulsor
“desde arriba” del desarrollo del capitalismo monopolista. El Estado centralizará los recursos
nacionales y desplegará una frenética intervención para dirigirlos, a través de
un enorme plan de inversiones, a los sectores claves: industria básica
productora de bienes intermedios (siderurgia y metalurgia, cementos, química) y
de bienes de producción (construcción mecánica), industria eléctrica. Tomando
medidas para acelerar la cartelización de la producción y la creación de
monopolios. Se impone un elevado proteccionismo arancelario - las más altas barreras
aduaneras de Europa tras la URSS- para reservar el mercado interno al capital
nacional. La Ley
de Protección de la Industria Nacional establecía como condición
indispensable para otorgar subvenciones que fueran industrias nacionales en las
que los 2/3 de los consejeros fueran
españoles, al igual que el 75% del
capital y el 80% del personal
empleado. Se potencia una “banca pública”, con el Banco
de Crédito Industrial y el Banco de Crédito Local, para financiar las
inversiones industriales, o el Banco
Exterior, destinado a favorecer la expansión comercial, sustituyendo el
papel que en este apartado jugaba la banca extranjera.
La intervención estatal abarca
múltiples ámbitos. Emprendiendo un vasto
programa de obras públicas –a través de empréstitos y emisiones de deuda
rápidamente cubiertos por la banca- que, en gran parte, se basa en las ideas y
proyectos de los regeneracionistas. El Patronato
del Circuito Nacional de Turismo de Firmes Espaciales prevé la construcción
de 7.086 km de carreteras, creando
una de las mejores redes viarias de Europa en ese momento. Se duplica la red de
ferrocarriles, a través de
consorcios mixtos Estado-empresas. Se crean las Confederaciones Hidrográficas (todavía existentes hoy) a través de
las cuales se obliga a agricultores e industriales a sindicarse e invertir en
un plan de regularización de aguas, riegos, y electrificación que pretende
alcanzar a todo el país. La construcción de pantanos, la modernización de los puertos, la repoblación
forestal… conocen un impulso extraordinario. Y desde el ministerio de
Hacienda, Calvo Sotelo instaura un nuevo sistema de recaudación de impuestos y
nivela el presupuesto nacional.
Durante la
dictadura de Primo de Rivera se da un impulso decisivo a la modernización de España. Disminuye la población agraria,
mientras aumenta la urbana y la que se dedica a empleos industriales. En conjunto, entre 1913 y 1929, la economía española creció un 50 %, lo que en
términos comparativos suponía un 15 % más que la francesa, un 19 % más que la
italiana, un 29 % por encima de la alemana y y un 38 % sobre la británica.
Este desarrollo nacional va a repercutir en el
conjunto de la población. Desde diciembre de 1922 a finales de 1930 la renta nacional aumentó un 30%. En
seis años se crearon 5.000 nuevas
escuelas, más que en las cuatro décadas del régimen anterior, se construyen
viviendas sociales, se da un
importante salto en la alfabetización,
se crean los seguros médicos para
los obreros…
El sector industrial experimentó un
fuerte crecimiento,
incluso por encima del experimentado por la media nacional: progresó a una tasa
del 5,5% anual entre 1922 y 1930. La inversión bursátil en valores industriales
se quintuplicó. Una parte cada vez mayor de la renta generada fue destinada a
la inversión, que se elevó al 21% del PIB en 1929, un máximo que sólo
se volvería a alcanzar en 1960. Un nuevo dinamismo aparece con extraordinaria fuerza
en la sociedad española. Reflejado en fenómenos tan alejados de lo que la
dictadura significaba. Abriéndose una nueva
edad de oro en la cultura española -con la generación del 27, figuras
universales como Lorca, Dalí. Buñuel-. O destacando en campos en los que España
nunca había sido relevante: la ciencia, con Ramón y Cajal o Severo Ochoa, la
filosofía, con Ortega y Gasset...
El proyecto que representa Primo de Rivera, basado en desarrollar un capitalismo nacional, exige ganar autonomía política para España, lo que conduce a un enfrentamiento con los intereses de las principales potencias imperialistas.
La
dictadura de Primo de Rivera es un intento por impulsar desde el Estado un
capitalismo nacional e independiente de los centros de poder imperialistas. Un proyecto de
desarrollo nacional que sólo es posible enfrentándose los lazos de dependencia
y los mecanismos de intervención que Inglaterra y Francia disponían en España. El régimen de Primo de Rivera va a
expresar una voluntad creciente de autonomía, tanto en el plano nacional como
internacional, que choca con los intereses de las grandes potencias.
La
dictadura de Primo de Rivera establece un nuevo régimen que busca acabar con el caduco régimen de la
Restauración, bajo el control de los sectores oligárquicos más retrógrados
y que sobre todo era privilegiada vía de intervención de Londres y París. Primo de Rivera se nombra a sí mismo como “cirujano de hierro” para “el descuaje del
caciquismo” y la “limpieza de la
oligarquía política”. Los partidos liberal y conservador, que se habían
turnado en el poder durante décadas, o la vieja élite de la Restauración, son apartados
del poder. La dictadura busca reemplazarlos por un partido único: la Unión
Patriótica, un partido conservador y católico pero que ya no está bajo el
control de los elementos oligárquicos más caducos y no es un juguete en manos
de las embajadas extranjeras.
Por primera vez, España intenta
desplegar una política exterior autónoma, dirigida desde los intereses
oligárquicos, y que busca convertir a España en una potencia media con una voz
propia en el mundo. Hispanoamérica, el Mediterráneo, Portugal o
Marruecos van a ser los principales escenarios de esta nueva proyección
internacional de España. Por un lado el área atlántico mediterránea, donde las
aspiraciones españolas encontraban la permanente oposición francesa, y por el
otro la vertiente americana. Esta nueva orientación, enfrentada frontalmente a
Francia, pero que despierta también los recelos ingleses, obliga al régimen
primoriverrista a buscar nuevas alianzas, jugando con las contradicciones
interimperialistas e intermonopolistas. Primo de Rivera intenta establecer una alianza con
la Italia mussoliniana para contrarrestar el dominio galo sobre el
Mediterráneo. Pero el punto sin retorno en sus ambiciones
autonomistas se expresa en la intención de establecer una nueva relación con la
URSS.
La
creación de CAMPSA, expropiando a la Shell y la Standard Oil, provocó una
furibunda reacción del gran capital anglo-norteamericano, que
controlaba el 80% del mercado mundial y
promueve una amplia campaña diplomática aislando a España y amenazando con el
desabastecimiento. Sólo la URSS bolchevique, quedaba fuera de este reparto petrolero del
mundo controlado por Inglaterra y EEUU, y hacia allí se dirigió el gobierno de
Primo de Rivera, alcanzando acuerdos de suministro energético con Moscú. Para poder impulsar un desarrollo autónomo, el
régimen de Primo de Rivera se muestra dispuesto a infringir las reglas
internacionales dictadas por los grandes centros de poder imperialistas.
![]() |
| Al querer establecer su propio camino libre de Londres y París el régimen de Primo de Rivera negociara hasta con la Rusia Bolvhevique |
En Marruecos,
el régimen de Primo de Rivera toma la iniciativa para intentar consolidar un
espacio colonial propio, enfrentándose a las ambiciones francesas por imponer
su dominio exclusivo sobre el norte de África. París prestará apoyo militar a
las tribus rifeñas que se rebelan contra el dominio español. Se van a estrechar las relaciones con Portugal, con el objetivo de crear un
espacio ibérico común, enlazando con las posiciones de los federalistas de la
Iª República. Y se acentuará, sobre todo, la proyección española
hacia Hispanoamérica, enterrada desde el desastre del 98, como clave para
ampliar el papel internacional de España. Estableciendo puentes económicos,
políticos, diplomáticos, desde la multiplicación del comercio, las legaciones
diplomáticas o las misiones militares hasta la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. Con el objetivo de
“estrechar los lazos entre la madre patria y las repúblicas americanas”. El régimen de Primo de Rivera va a utilizar la dimensión
ibérica y americana de España como un activo internacional, por ejemplo para
reclamar un puesto permanente en la
Sociedad de Naciones.
El grado de autonomía y desarrollo independiente que alcanza España hacen saltar las alarmas en los centros de poder imperialistas, que activan toda su capacidad de intervención sobre el país para acabar a cualquier precio con el régimen de Primo de Rivera. Los principales nódulos oligárquicos, enormemente beneficiados por la política del régimen, se plegarán a los ataques impulsados por Londres y París, firmando su renuncia a encabezar un proyecto independiente.
Las principales
potencias imperialistas van a utilizar todos los mecanismos de intervención
políticos que siguen conservando en España para truncar el intento de
desarrollo independiente. El principal error del régimen
primoriverrista fue dejar intactos los mecanismos de intervención políticos de
las potencias imperialistas, que serán utilizados a pleno rendimiento para
truncar el intento de desarrollo independiente. Aún desalojados de los centros
del poder político, la vieja élite de la Restauración conservará su influencia,
y libertad para desarrollar una febril actividad conspirativa, siempre en
connivencia con Londres o París. Así, a partir de 1928, tras la creación
de CAMPSA, la expropiación de las petroleras británicas y yanquis y los
acuerdos con la URSS para la importación de petróleo, las potencias
imperialistas ponen en marca un proceso de desestabilización que acabará con el
régimen de Primo de Rivera.
Apoyándose en la vieja élite de la
Restauración, que aún desalojados de los centros de poder políticos conservan
su influencia y libertad para desarrollar una febril actividad conspirativa,
siempre en connivencia con Londres o París. A partir de 1928, tras la creación de
CAMPSA, la expropiación de las petroleras británicas y yanqui y los acuerdos
con la URSS para la importación de petróleo, las potencias imperialistas ponen
en marcha un proceso de desestabilización que acabará con el régimen de Primo
de Rivera. Por un lado se produce, entre 1928 y 1929, una salida masiva de capital extranjero. Más de 800 millones de capital extranjero abandonan el país.
Simultáneamente se produce un ataque masivo, persistente durante meses y
coordinado en los mercados internacionales (especialmente en Londres) contra la peseta. Su objetivo es hundir
uno de los pilares en los que se ha sostenido la política económica de Calvo
Sotelo en todos esos años: el mantenimiento de una peseta fuerte como barrera
proteccionista contra el capital y las mercancías extranjeras y como expresión
de la fortaleza política y económica del régimen.
Al mismo tiempo, fuerzas de clase y
políticas antes enfrentadas –desde los sectores terrateniente al financiero,
desde la derecha a la izquierda, desde la élite de la Restauración a las
fuerzas nacionalistas- coinciden en el acoso a la dictadura. Se urde una extensa trama civil y militar,
que tiene su centro en la embajada inglesa, con el objetivo de derribar, a
cualquier precio, el régimen primoriverrista. Aparatos fundamentales del Estado, como
la Corona o las jerarquías del
ejército, que habían respaldado el proyecto de Primo, pasan a la oposición
activa durante la última etapa de la dictadura. En palacio se tramaban toda
clase de maniobra para acabar con el régimen, y el rey intervino declaradamente
desde finales de 1929 para derrocar a Primo. Núcleos de la oligarquía como los Urquijo o los Oriol, especialmente
beneficiados por Primo de Rivera, se unen a los complots para derribarlo.
Cuando se agudizó el enfrentamiento con
los principales centros de poder imperialistas, ineludible para conquistar la
autonomía política que permitiría un desarrollo económico autónomo, la oligarquía española, cuyas estrechas
relaciones con el gran capital extranjero se han mantenido intactas, renuncia a
defender un proyecto propio, plegándose a las imposiciones imperialistas,
aun cuando no solo se enfrentaban al desarrollo nacional sino también
lesionaban sus propios intereses. Sellando ya definitivamente su carácter
vendepatrias y actuando como principal plataforma de la intervención
imperialista sobre nuestro país.
Salvo algunas excepciones, la mayoría de las fuerzas progresistas y revolucionarias van a colocar en primer y único lugar el combate a la dictadura por su carácter reaccionario, siendo incapaces de comprender su carácter nacional y objetivamente enfrentado al dominio de las grandes potencias sobre el país. Lo que les llevará en muchos casos a coludirse con los furibundos ataques del imperialismo contra el régimen de Primo de Rivera.
A
pesar de tratarse de un régimen dictatorial que nace con la intención de
contener el auge de las movilizaciones obreras, durante el periodo de Primo de
Rivera existe una paz social casi absoluta. Frente a la explosión de
energía revolucionaria y combatividad obrera que caracterizan las décadas
anteriores (1900-1920) y las posteriores (1931-1939). Fruto del nivel de desarrollo
alcanzado, del que también se beneficiarán el conjunto de clases, la dictadura
conseguirá encuadrar, o cuanto menos neutralizar, a importantes sectores de la
clase obrera. Y en el seno de las organizaciones
obreras y revolucionarias se abrirán diferentes posiciones ante el nuevo
régimen.
En el PSOE
triunfan las posiciones de Besteiro y
Largo Caballero, favorables, en oposición a Indalecio Prieto, a la colaboración
con la dictadura. El PSOE y la UGT participarán en los Comités Paritarios, en los que
bajo la presidencia de un miembro del gobierno se integraban cinco
representates de los patronos y cinco de los obreros, interviniendo en la
regulación de las condiciones de trabajo. Esta posición de colaboración del PSOE no responde a
un análisis ni a un pensamiento elaborado sobre el carácter patriótico y
antiimperialista del proyecto de Primo, sino que está influenciada por el
triunfo del laborismo inglés y tiene su origen en las tendencias más economicistas
y reformistas, buscando imitar “el modelo alemán”, alcanzando, al nivel
español, una participación de las cúpulas sindicales en la gestión del
capitalismo monopolista.
Pero, objetivamente, supone el respaldo
de un importante sector del movimiento obrero al proyecto nacional que
representaba el régimen primoriverrista. Este respaldo permitirá a UGT
multiplicar sus filas y su influencia sobre el movimiento obrero.
La
CNT se encuentra profundamente debilitada tras los años de pistolerismo
patronal, y la represión que acomete la dictadura. Ante el
régimen primoriverrista se dividen las posiciones del sector “sindicalista”,
personificado en Pestaña, que aboga por una práctica “hibernación”, y los
sectores que luego constituirán la FAI, partidarios de continuar la línea del
enfrentamiento directo con la dictadura. Con diferencia la principal
organización sindical de la clase obrera española en esas fechas, la CNT
desaparece del mapa en 1923, para volver a resurgir, con su fuerza intacta, 8
años después, en 1931.
En la
izquierda revolucionaria y proletaria, el PCE mantendrán, aún en 1960, una
visión donde sólo verá el carácter reaccionario de la dictadura, pero será incapaz de
comprender su carácter nacional, enfrentado a los intereses y proyectos del
capital extranjero y las potencias imperialistas para España.
Los partidos republicanos - fuertemente intervenidos por Francia e
Inglaterra, y con una intervención de las logias masónicas, especialmente
activas en esas fechas, todavía por esclarecer- participarán en todas las
operaciones dirigidas a apartar a Primo de Rivera del gobierno.
Por
su parte los nacionalistas catalanes, donde la dirección pasa a una
pequeña burguesía radicalizada representada por la ERC de Maciá, reactiva el
peligro de fragmentación, planeando desde París una fallida invasión con el
objetivo de proclamar la República Catalana.
Cuando
la contradicción principal entre el desarrollo autónomo del país y los
intereses de dominio de las principales potencias y el capital extranjero, las
fuerzas revolucionarias y progresistas van a partir únicamente de la dicotomía
entre reacción y progresismo, donde la dictadura ocupará el campo de los
enemigos y las conspiraciones contra la dictadura, aun cuando estuvieran
dirigidas por las fuerzas más pro-imperialistas, eran aliados.


Comentarios
Publicar un comentario